Desde
el techo de un corral, mientras el sol jugaba con las nubes, la pequeña iguana murmuró:
“Quiero conocer lo que existe más allá del horizonte”. En la granja, nadie le
podía contar porque nadie había ido tan lejos. Todos estaban muy contentos con
la vida en el campo; no les atraían otros lugares del mundo.
—¡Qué
falta de curiosidad! —dijo, con un toque de desdén.
A
toda hora hablaba de su viaje. Los amigos intentaron prevenirla sobre los
riesgos que podía correr. En vez de escucharlos, prefirió dejar de hablarles. Un
día, subió al guardafango de un automóvil que iba a la ciudad. Eso levantó,
entre sus compañeros, algunos comentarios:
—Quiquiriquí,
la iguana se va y parece muy feliz.
—Cua, cua, la engreída se irá, sin siquiera mirar atrás
—Muuuu,
se la da de fina y no se va en autobús.
—Beee,
muy pronto, se los digo, la veremos otra vez.
La
carretera le pareció larga y poco interesante. Estaba aburrida de ver siempre
lo mismo. El caballo que pasó vacaciones en el establo, le había llenado la
cabeza con las historias de sus viajes. Por eso, ella estaba decidida a recorrer
la gran ciudad.
Una
vez allí, se infló como un globo.
—Ahora
seré una iguana mundana —exclamó, sintiéndose superior al resto de los seres
vivos.
Le
encantó lo que veía: la gente que iba y venía, las largas avenidas, los altos
edificios. Hasta el sol brillaba diferente. Nada comparable a aquella granja
perdida entre árboles y pájaros. Saltó del guardafango y, como una turista
experimentada, exploró los alrededores.
Al
atardecer cansada y hambrienta, decidió descansar en el parque. No se dio
cuenta que un gato iba detrás de ella, hasta que sintió que la alzaban por la
cola:
—Miau,
preciosa, ¿qué te trae por estos lares?
El
gato era tan grande que la iguana casi se desmaya.
—Sólo
paseaba por aquí —contestó, tratando de ocultar el terror que la hacía temblar,
sin poderlo evitar.
Temía
que la viera como un exquisito manjar. La iguana era vanidosa y se creía lo
mejor de lo mejor. Ella no estaba dispuesta a convertirse en un bocado. Así que
lo mordió con todas las fuerzas. El minino, asombrado de la reacción de esa
pequeña, la soltó. En tanto él se lamía la pata, la iguana aprovechó
para escapar a toda velocidad.
Reptó
por la pared del edificio más cercano. Este era más alto que la casa donde
vivía, que el molino que bailaba con el viento, que los árboles guardianes de
la granja. Con el corazón latiéndole como un tambor, la iguana mundana llegó a
la terraza. Después de unos minutos, comentó con valentía:
—Por
un gato no voy a regresar con la cola entre las patas.
En un rincón se dispuso a descansar. Despertó
con el coro de los mininos que maullaban bajo la luna redonda. Ella podía
enfrentarse a un gato… Tal vez a dos o tres… Pero, no a muchos más. Desde un
muro, vio que los dedos de todas sus patas no bastaban para contar los gatos de
los techos. De pronto, extrañó su hogar.
Al
otro día, se las arregló para regresar. Apenas vio el automóvil, no lo pensó
más. En la granja, cuando la vieron saltar del guardafango, sus compañeros
comentaron:
—Quiquiriqui,
¡miren quien viene por ahí!
—Cua, cua, se le ve cansada, nada más.
—Muuuu,
ha regresado a su cielo azul.
—Beeee, ¿se volverá a ir otra vez?
Todos corrieron a saludarla. La iguana, emocionada, les agradeció la amistosa bienvenida.
Ahora, es noche profunda. Desde la copa de un árbol, después de que
habló con una estrella, quiere conocer la luna.
Olga Cortez Barbera
Imagen Pixabay: Gatos, descarga gratuita
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